Desde hace unos días no puedo
dejar de pensar en el viaje que haré este verano. Los que me conocéis sabéis que
me pasaría la vida yendo de un lugar a otro. No hay viaje del que no haya
disfrutado. Soy de las que opina que en cada visita hay algo que aprender, un
recuerdo que se mete en el bolsillo y permanece allí para siempre. Seguramente,
cuando lo compares con el de otra persona será completamente diferente. Y es
que este recuerdo tiene la genial y peculiar característica de variar según el
bolsillo en el que se introduzca.
Viajar, sin duda, te abre nuevas
perspectivas. El mundo es como un libro abierto, y quien no viaja sólo lee la
primera página. Para mí, descubrir lugares desconocidos es una de las mayores
experiencias de la vida. Hoy quería transmitir (o al menos intentarlo) esta
ilusión. Es, ante todo, mi perspectiva, mi manera de entender el arte de
viajar.
Una de las primeras y más
importante lección que recibes al viajar es la de aceptar que no estamos solos
en el mundo. Pudiera parecer algo obvio. Elemental. Tonto. Pero lo olvidamos
constantemente. Viajar no cosiste únicamente en coger la maleta y seguir un mapa
de monumentos históricos con cámara en mano. Significa conocer otras culturas,
observarlas desde el asombro y ante el respeto. Allá donde fueres haz lo que
vieres. En definitiva, supone aceptar que nuestra cultura no es única y
universal, y ni mucho menos la mejor, porque no hay ganadores. Tampoco competición.
Viajar te enseña que las pequeñas
cosas que pasamos por alto son las que nos ayudan a ser felices. Lo aprendes
cuando observas que las personas de las que tú te compadecías nunca esconden su
sonrisa. Y el rostro cambia. Tiene más vida. Y entonces te preguntas, ¿por qué
no sonrío más? Quizás sea por esa mirada que te perdiste por las prisas, el
abrazo que quedó olvidado entre las facturas o las palabras que nunca se
pronunciaron mientras escribías un email.
Viajar te enseña que hay colores,
olores y sabores que nunca antes habías conocido. Algunos te conquistan, otros simplemente
intentas evitarlos. Pero están allí, provocándote una explosión de sensaciones
que luego no sabrás explicar porque sólo puede vivirse. En cada parpadeo, en
cada inspiración, los sentidos se avivan y te producen un cosquilleo que te recorre
el cuerpo, no siempre placentero, pero único.
Viajar te enseña que compartir no
es quedarse con menos sino ofrecer más. Lo mucho se vuelve poco en soledad y lo
poco sobra en compañía. De repente caes en la cuenta de que has estado
intentando acumular sin saber muy bien para qué ni para quién, y empiezas a comprender que los mejores recuerdos que
posees son aquellos que has compartido.
Los adultos tenemos miedo a lo
desconocido. Lo tengo comprobado. Cuando somos pequeños soñamos con
experimentar cosas nuevas en todo momento. Y cada descubrimiento es un nuevo
aprendizaje. Pero vamos creciendo y, poco a poco, va desapareciendo ese
espíritu aventurero. Algunos, como si hubieran sido rociados con los polvos de
Campanilla, mantienen como el primer día la inquietud por lo nuevo. Otros, como
yo, intentamos que no se extinga recordándonos a nosotros mismos que hay un
mundo por descubrir más allá de nuestra rutina diaria. Y luego están los que
tienen ese espíritu de aventura apoltronado, olvidado bajo llave.
Os dejo un cachito de la entrevista que le hice al reputado neurólogo
J. Kulisevsky, quizás él os convenza mejor que yo.
Curiosamente, los pacientes con Parkinson en general pertenecen al grupo de harm avoidance, es decir, son más conservadores, ordenados y, a grandes rasgos, son personas que evitan los riesgos. También influye la manera de metabolizar la dopamina en el cerebro. La dopamina no sirve únicamente para poder funcionar desde el punto de vista motor, es el principal neurotransmisor de la motivación y del aprendizaje. Los harm avoidance metabolizan menos dopamina que los “aventureros”. En personas con adicciones, por ejemplo, se observa un exceso de esta hormona.
Es decir, la dosis adecuada de espíritu aventurero puede generar
cierta protección a nivel neuronal. Porque no sólo se ha comprobado esta
relación con el Parkinson, los harm
avoidance en general se asocian a mayor riesgo de desarrollar enfermedades
neurodegenerativas.
Nos queda toda una vida por
descubrir…







