jueves, 28 de febrero de 2013

El arte de viajar



Desde hace unos días no puedo dejar de pensar en el viaje que haré este verano. Los que me conocéis sabéis que me pasaría la vida yendo de un lugar a otro. No hay viaje del que no haya disfrutado. Soy de las que opina que en cada visita hay algo que aprender, un recuerdo que se mete en el bolsillo y permanece allí para siempre. Seguramente, cuando lo compares con el de otra persona será completamente diferente. Y es que este recuerdo tiene la genial y peculiar característica de variar según el bolsillo en el que se introduzca. 


Viajar, sin duda, te abre nuevas perspectivas. El mundo es como un libro abierto, y quien no viaja sólo lee la primera página. Para mí, descubrir lugares desconocidos es una de las mayores experiencias de la vida. Hoy quería transmitir (o al menos intentarlo) esta ilusión. Es, ante todo, mi perspectiva, mi manera de entender el arte de viajar. 



Una de las primeras y más importante lección que recibes al viajar es la de aceptar que no estamos solos en el mundo. Pudiera parecer algo obvio. Elemental. Tonto. Pero lo olvidamos constantemente. Viajar no cosiste únicamente en coger la maleta y seguir un mapa de monumentos históricos con cámara en mano. Significa conocer otras culturas, observarlas desde el asombro y ante el respeto. Allá donde fueres haz lo que vieres. En definitiva, supone aceptar que nuestra cultura no es única y universal, y ni mucho menos la mejor, porque no hay ganadores. Tampoco competición. 

Viajar te enseña que las pequeñas cosas que pasamos por alto son las que nos ayudan a ser felices. Lo aprendes cuando observas que las personas de las que tú te compadecías nunca esconden su sonrisa. Y el rostro cambia. Tiene más vida. Y entonces te preguntas, ¿por qué no sonrío más? Quizás sea por esa mirada que te perdiste por las prisas, el abrazo que quedó olvidado entre las facturas o las palabras que nunca se pronunciaron mientras escribías un email.





Viajar te enseña que hay colores, olores y sabores que nunca antes habías conocido. Algunos te conquistan, otros simplemente intentas evitarlos. Pero están allí, provocándote una explosión de sensaciones que luego no sabrás explicar porque sólo puede vivirse. En cada parpadeo, en cada inspiración, los sentidos se avivan y te producen un cosquilleo que te recorre el cuerpo, no siempre placentero, pero único. 



Viajar te enseña que compartir no es quedarse con menos sino ofrecer más. Lo mucho se vuelve poco en soledad y lo poco sobra en compañía. De repente caes en la cuenta de que has estado intentando acumular sin saber muy bien para qué ni para quién, y empiezas a comprender que los mejores recuerdos que posees son aquellos que has compartido.



Los adultos tenemos miedo a lo desconocido. Lo tengo comprobado. Cuando somos pequeños soñamos con experimentar cosas nuevas en todo momento. Y cada descubrimiento es un nuevo aprendizaje. Pero vamos creciendo y, poco a poco, va desapareciendo ese espíritu aventurero. Algunos, como si hubieran sido rociados con los polvos de Campanilla, mantienen como el primer día la inquietud por lo nuevo. Otros, como yo, intentamos que no se extinga recordándonos a nosotros mismos que hay un mundo por descubrir más allá de nuestra rutina diaria. Y luego están los que tienen ese espíritu de aventura apoltronado, olvidado bajo llave.


Os dejo un cachito de la entrevista que le hice al reputado neurólogo J. Kulisevsky, quizás él os convenza mejor que yo.


Curiosamente, los pacientes con Parkinson en general pertenecen al grupo de harm avoidance, es decir, son más conservadores, ordenados y, a grandes rasgos, son personas que evitan los riesgos. También influye la manera de metabolizar la dopamina en el cerebro. La dopamina no sirve únicamente para poder funcionar desde el punto de vista motor, es el principal neurotransmisor de la motivación y del aprendizaje. Los harm avoidance metabolizan menos dopamina que los “aventureros”. En personas con adicciones, por ejemplo, se observa un exceso de esta hormona.


Es decir, la dosis adecuada de espíritu aventurero puede generar cierta protección a nivel neuronal. Porque no sólo se ha comprobado esta relación con el Parkinson, los harm avoidance en general se asocian a mayor riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas.





 Nos queda toda una vida por descubrir… 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Y llegó el día...



Desde hace tiempo le doy vueltas a la idea de crear un blog. Un espacio donde compartir mis pensamientos, que con frecuencia se enredan como una maraña de lana en mi cabeza. Un portal donde mostrar mi visión de la vida, mis hallazgos por la red o mis experiencias. Aportaré ideas DIY, propondré bodas de cuento, os transportaré por el mundo a través de mis viajes y contaré todo aquello que me enamore. No pretendo llegar a ningún sitio en concreto, en realidad sólo intento permanecer en algún lugar en medio de tanta fugacidad. 

Las palabras dan sentido a lo que soy. No soy sin ellas. Son palabras que brotan de mis pensamientos queriendo ser plasmadas. Palabras desatadas. Para ser sinceros, fue el gran García Márquez quien me ayudó a decidirme por este adjetivo que tan bien me describe. Al abrir la página de uno de mis libros preferidos, Cien años de soledad, allí estaba encabezando la línea. Deasatadas. Nuevamente, Márquez no me defraudó. Y así, sin darle más vueltas, empiezo esta andadura. 


¡Bienvenidos a bordo!